Hay algo profundamente contradictorio en la forma en que muchas sociedades hablan del parto. Se lo romantiza, se lo presenta como el momento más feliz en la vida de una mujer, como una experiencia casi sagrada. Pero al mismo tiempo, miles de mujeres recuerdan ese día como uno de los más violentos de sus vidas. No por el dolor físico -que puede ser inevitable- sino por el modo en que fueron tratadas mientras daban a luz.
La violencia obstétrica tiene algo particular: durante mucho tiempo ni siquiera tuvo nombre. Y aquello que no se nombra, difícilmente pueda denunciarse. Frases humillantes, prácticas realizadas sin consentimiento, intervenciones innecesarias, médicos que infantilizan, mujeres obligadas a soportar procedimientos sin explicaciones, partos vividos desde el miedo y no desde la autonomía. Todo eso convivió durante décadas bajo la idea de que “así son las cosas” o peor: que “lo importante es que el bebé esté bien”.
Como si una mujer pudiera salir rota de una sala de parto y aun así considerarse un daño menor.
En Argentina, justamente en la Semana Mundial del Parto Respetado, vuelve a ponerse sobre la mesa una discusión que sigue siendo incómoda para muchos sectores del sistema de salud. La violencia obstétrica está reconocida dentro de la Ley 26.485 como una forma de violencia de género y existe además una Ley de Parto Respetado que garantiza derechos básicos: recibir información clara, decidir sobre el propio cuerpo, estar acompañada y evitar prácticas invasivas innecesarias. Sin embargo, entre lo que establece la ley y lo que ocurre en muchas salas de parto todavía hay una distancia enorme. Según datos del Observatorio de Violencia Obstétrica Argentina (OVOA), en 2024 el 60% de las mujeres reportó haber vivido una mala experiencia en la atención ginecológica u obstétrica.
Los números son todavía más difíciles de leer cuando se desmenuzan: el 46% sufrió maltrato psicológico; el 45%, maltrato verbal, y el 31% recibió intervenciones sin consentimiento. Una de cada cuatro mujeres sintió que, si no hacía lo que le decían, su hijo podría sufrir las consecuencias.
Hay una frase de la escritora y activista estadounidense Adrienne Rich que parece atravesar este tema incluso décadas después de haber sido escrita: “La experiencia de la maternidad ha sido expropiada a las mujeres”. Rich hablaba de cómo el sistema médico, cultural y social muchas veces transforma algo profundamente íntimo en un territorio controlado por otros. Y quizá ahí esté una de las claves para entender por qué la violencia obstétrica sigue tan naturalizada: porque históricamente el cuerpo de las mujeres fue entendido como un espacio sobre el cual otros deciden.
Y quizás por eso cuesta tanto reconocer esta violencia. Porque muchas mujeres crecieron escuchando relatos en los que el parto aparecía asociado inevitablemente al sufrimiento. Porque durante décadas las películas, las novelas y hasta los discursos médicos mostraron a mujeres pariendo acostadas, quietas, obedientes, rodeadas de órdenes y no de decisiones. Porque todavía existe cierta idea de que cuestionar cómo fue un parto es “ser desagradecida”.
Pero el problema nunca fue el dolor. El problema es la pérdida de autonomía.
En “El acontecimiento” (una novela autobiográfica que narra la búsqueda de un aborto clandestino en la Francia de 1963), Annie Ernaux describe cómo muchas experiencias vinculadas al cuerpo femenino quedan marcadas por la humillación y el silencio incluso más que por el hecho físico en sí mismo. Algo parecido sucede con tantos relatos de parto: mujeres que recuerdan exactamente una frase, una mirada, un comentario cruel dicho en el peor momento posible.
Y eso deja marcas.
En una charla transmitida en vivo por la ONG Dando a Luz, la doula Astrid Zucconi advertía que las consecuencias pueden aparecer meses después: depresión posparto, culpa, desconexión con el bebé, dificultades para amamantar o para reconocerse capaces de maternar. Porque la violencia obstétrica no termina cuando nace un hijo. A veces recién empieza ahí.
También hay algo más incómodo de admitir: no todas las mujeres atraviesan el sistema de salud de la misma manera. Las mujeres pobres, migrantes, indígenas, adolescentes o con discapacidad suelen estar más expuestas a prácticas violentas y prejuiciosas. La violencia obstétrica también habla de clase, de poder y de qué cuerpos parecen merecer más escucha que otros.
Durante mucho tiempo se nos enseñó que traer un hijo al mundo debía ser una experiencia heroica. Y si empezamos a pensar que también es una experiencia digna.